sábado, 21 de octubre de 2017

¿Realmente se quiere justicia?


En estos tiempos en los que al parecer existe una justicia o un intento de ella, parece también bastante obvio por lo que está pasando, -y aun que parece que solo se habla de este tema últimamente (el de la situación de enfrentamiento de ideas políticas que ahora nuestro país vive, parece que en un nivel más alto de lo “normal”) - que no la hay, aun que existe. Y esto tanto lo decía Platón en el mundo griego como Lorca en un mundo no tan lejano al de hoy en día, pero tampoco por ello más justo que el griego.
En la última entrevista, realizada por Luís Bagaría, que dio Lorca (con un leguaje en nada similar al que podríamos considerar ahora periodístico) se hablaron algunos asuntos que realmente podrían ser completamente válidos hoy en día.


Una de las preguntas que Bagaría le hizo fue sobre las fronteras políticas, acerca de que pensaba él sobre si estas estaban condenadas a desaparecer, y por qué un español malo tenía que ser más hermano nuestro que un chino bueno, a lo que él respondió:

Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; odio al que es español nada más. Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta, por el simple hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mi que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula; pero antes de eso soy hombre de mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política.

Lorca también dijo en esta misma entrevista que el optimismo era propio de las almas que tienen una sola dimensión y no son capaces de ver el torrente de lágrimas que nos rodea, producido por cosas que tienen solución.

Creo que lo que quería decir con esto Lorca es que vivimos en un mundo injusto, pero por que nosotros así lo hacemos y lo queremos, no porque no exista una justicia; y que los que no son capaces de verlo así es por que no quieren o nunca se han parado a pensarlo. Igual es cierto que en un mundo tan avanzado tecnológicamente, nos hemos quedado estancados en lo humano y en lo político y no conseguimos avanzar, por lo que a lo mejor conseguir esa justicia que parece tan inalcanzable es sólo cuestión de voluntad.

                                                                            

  Paloma Barreiro, 2ºF 

miércoles, 18 de octubre de 2017

FILOSOFÍA SÍ


   Hoy es un uno de esos días que me gustaría considerar como un hito en la historia de la democracia en nuestro país. Por vez primera, los grupos políticos representados en la cámara legislativa, vota y aprueba con unanimidad, una iniciativa legislativa popular (la primera de estas características en el Parlamento Gallego), con el fin de reconocer el papel central de la Filosofía en el bachillerato.
    Una iniciativa que surgió motivada por la preocupación de un grupo de docentes ante la progresiva pérdida de relevancia de la Filosofía en el sistema educativo, y también ante el enfoque, cada vez más técnico e instrumental, al que se ve abocado nuestra forma de educar, tras la aprobación de la última reforma.
    Por ello, en un ejercicio de ciudadanía activa, salieron a la calle en búsqueda de firmas con el ánimo de, en primer lugar,  sensibilizar a la ciudadanía acerca de los temas importantes que nos concierten a todos como es la educación; y en segundo lugar, como un modo de someter la importancia de la filosofía a debate. El resultado ha sido espectacular. Se necesitaban 2.550 firmas, y se presentaron 8.200 en el registro del Parlamento Gallego el pasado 31 de agosto.
   Para mí, y espero que para el alumnado de 1ºB que me acompañó también, ha sido una ocasión muy especial, al haber tenido la oportunidad de escuchar a todos los representantes de nuestra soberanía, glosar la pérdida que supondría para nuestro sistema de pensamiento y de valores democráticos, abandonar la senda de la enseñanza de la filosofía. Gracias a todos y a todas por ese esfuerzo por comprender que lo que tiene valor no es lo que sirve, pues como nos decía el otro día en un artículo ¿Adiós a la filosofía? Jorge Álvarez Yagüez, principal promotor junto a Carme Adán y Eva Garea de esta ILP, cuando nos preguntamos:
"¿Para qué sirve?" -es lo que nos formulamos cuando no pensamos. Y acaso eso que no sirve sea lo que hace de nuestra vida sin finalidad una vida más plena, una vida sin servir, sin servidumbre. Se desecha lo que no proporciona rentabilidad alguna como aquel que arroja a la basura un libro porque no sirve para remachar un clavo. Mientras esto sucede, nuestra situación de vulnerabilidad intelectual, que es al mismo tiempo existencial, se agrava. Necesitamos más que nunca orientarnos en el pensamiento. Las ideas, la gran teoría y la abstracción, y no tanto lo inmediato, son la brújula que nos orienta en medio del desconcierto.”
     La primera batalla está ganada, pero todavía quedan muchas por disputar en el ámbito de las ideas y la reflexión que es donde nos gusta polemizar. Pero sobre eso, ya hablaremos en clase que es lo nuestro de todos los días, y esperemos que lo siga siendo por mucho tiempo.

domingo, 15 de octubre de 2017

¿Culturas excluyentes?

Somos una única especie cultural
El Roto

    Estos días asistimos al intento de justificar un orden jurídico y político en base a identidades culturales. La insistencia en una identidad cultural con fines políticos suele presentarse bajo una doble máscara: mítica y utópica.

     Las identidades míticas recrean su pasado histórico como una edad de oro perdida, o bien como el desgarro de una injusticia cometida de la que se ha sido, presuntamente, víctima. Cuando muestran su lado utópico, se proyectan al futuro idealizado del que participarán todos los que se adhieran a él. De esta manera, hay un fin identitario colectivo cuyo valor es superior al de los individuos, por lo que éstos deben sacrificarse a él, porque el fin justifica los medios.

     Así de esta manera, las personas son privadas de libertad y se les obliga a sumarse a una identidad comunitaria común. El hecho de querer subordinar la ciudadanía a una identidad cultural, nacional, étnica, lingüística, histórica, etc representa la  negación de lo que significa la democracia que busca la inclusión de todos; es decir, la integración de la pluralidad, el pluralismo, no la exclusión de “los que no son como nosotros”.

    Es preciso que seamos conscientes de que no se puede reducir nuestras maneras de ser y relacionarnos, a una interpretación restrictiva de lo que supuestamente “se debe ser”; quizás en vez de hablar de pluralidad de culturas, como marcos cerrados, deberíamos hablar de una cultura humana de carácter plural, con conciencia planetaria global de nuestra pertenencia al género humano.

    Todos los sistemas culturales forman parte de la humanidad, por ello son fruto de una evolución cultural polimórfica. No hay cultura que no sea el resultado de una mezcla de culturas. Cultura es aquello que nos permite adaptarnos al medio ambiente como seres humanos, por lo que nuestra identidad es común, lo que compartimos en tanto humanos que somos. Hablar de identidades que justifican modos de ser excluyentes, no resuelve problemas de convivencia, solo la dificulta. No debemos olvidar que somos una especie cultural que se dice de muchas maneras.


Os recomiendo este artículo: Por qué nos iremos de Cataluña 
Marco Hulsewe, empresario y expresidente del Círculo de Empresarios Holandeses relata su deseo de abandonar Barcelona ante la situación de exclusión que él y su familia están viviendo. Empieza así:

     "En un ya lejano 1995 vine a Barcelona como tantos otros expatriados. Contratado por una multinacional alemana que después de un periodo de formación en EEUU, Países Bajos y Alemania me mandaba a España.Para mí era la realización de un sueño como hijo de madre asturiana y padre holandés poder por fin ir a trabajar a España y encima Barcelona. Una ciudad que estaba recién instalada en el estrellato mundial después de los mejores Juegos Olímpicos de la historia. En esa España tan admirada en el resto de Europa y mejor ejemplo de las bendiciones de la integración Europea.
Pasé por una de las principales escuelas de negocios del mundo, la IESE, y me casé con una violinista de Bilbao. Creamos una familia con tres maravillosas hijas. Con sudor y perseverancia he ido construyendo mi propia empresa dedicada a las finanzas corporativas, con cada vez más trabajo a nivel internacional. ¿Qué más se puede tener?
4 de octubre 2017. Estamos reunidos con varios padres del colegio. Uno es abogado, otro ingeniero, otro banquero y otro, directivo de una bodega catalana. Tema de conversación: estamos pensando en marcharnos de Barcelona. Si sigue así la situación nos vamos. Ya no me hablo con mi suegro. Me he peleado con el vecino de la escalera por quitar un póster de Ómnium Cultural y me insultó por no ser catalán. ¿Qué ha pasado?.."


viernes, 6 de octubre de 2017

Ciencia y humanidades

El pasado miércoles moría Jesús Mosterín, uno de los pensadores españoles que más he admirado a lo largo de los muchos años que he seguido sus libros, entrevistas,  conferencias, debates, tertulias; siempre con una sonrisa en el rostro; lúcido, claro y paciente frente a la perplejidad que, en ocasiones, sus ideas provocaban en la audiencia. 

Se ha ido uno de los grandes, siempre atento a lo pequeño, a la naturaleza, al conocimiento, a la alegría de vivir que transmitían su palabras.

Un artículo y su presencia entrañable como homenaje.
Adiós maestro.


Ciencia y humanidades
"Conócete a ti mismo", recomendaba el oráculo de Delfos. "Hombre soy, y nada humano me es ajeno", añadía el escritor Terencio. ¿Quién soy yo? ¿Qué somos los humanos? ¿Qué posición ocupamos en el universo? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿De qué estamos hechos, con quién estamos emparentados, qué posibilidades y limitaciones tenemos? Sólo un humanismo amplio y profundo puede responder a estas preguntas. 

Los humanistas del Renacimiento no eran tan ambiciosos. Frente a la obsesión medieval por la muerte y el pecado y contra el latín macarrónico en que se expresaba, pretendieron restaurar el cultivo del latín refinado de los autores antiguos y acercarse a su visión serena mediante la lectura de sus obras. Al estudio de las letras sagradas (la Biblia y los Padres de la Iglesia) contrapusieron el de las letras humanas (los textos griegos y latinos clásicos).

El humanismo estrecho, reducido a la filología, fácilmente caía en la trampa de un antropocentrismo ignorante, arrogante e incompatible con los avances del saber. Los humanistas, siempre desdeñosos de la filosofía escolástica, acabaron despreciando también la filosofía y la ciencia moderna, que no entendían y que ponía en cuestión sus prejuicios antropocéntricos. En el siglo XIX, la tradición humanista afloró en el mundo académico, agrupando las disciplinas filológicas e históricas bajo el nombre genérico de humanidades. 

Entre sus contribuciones más valiosas destacan las magníficas ediciones críticas de los textos del pasado. Su excrecencia más lamentable es el anticientifismo oscurantista de sus continuadores más mediocres, cuya deshonestidad intelectual ha sido recientemente puesta de manifiesto por Alan Sokal. Obviamente, no será renunciando a la principal fuente de información de que disponemos como podremos llegar a conocernos.

A la ciencia hay que ordeñarla, no temerla. Los ecos del Big Bang retumban todavía en las partículas de que estamos hechos. Nuestra composición química es más afín a la cósmica que a la terrestre. Dejando de lado los gases nobles, los elementos más abundantes tanto en nuestro cuerpo como en el universo son el hidrógeno, el carbono, el nitrógeno y el oxígeno. Por el hidrógeno que llevamos dentro (formado junto al fogonazo de la radiación cósmica de fondo), somos hijos de la luz. Por los otros elementos (forjados en los hornos estelares y dispersados en explosiones agónicas de supernovas), somos polvo de estrellas. El microcosmos de nuestro cuerpo es el compendio de la historia del macrocosmos, como los clásicos no se cansaron de subrayar.

Desde el humanista Pico della Mirandola hasta los conductistas y existencialistas, pasando por los idealistas y marxistas, muchos han pensado que la especie humana carece de naturaleza. Nosotros seríamos pura libertad e indeterminación y vendríamos al mundo como tábula rasa. En realidad, cada una de nuestras células contiene la definición de nuestra naturaleza inscrita en el genoma. Nosotros somos repúblicas de células, a su vez originadas en remotos conflictos y alianzas de bacterias. Somos una de las yemas terminales del frondoso árbol de la vida. Y el proyecto Genoma Humano es un buen ejemplo de actividad científica al servicio de la autoconciencia humana.

Platón pensaba que nuestra alma es un ángel caído; Aristóteles, que el cerebro es un refrigerador que enfría la sangre excesivamente caliente; Descartes, que la glándula pineal (la fábrica de melatonina que induce el sueño cada 24 horas) es el lugar imposible donde un alma etérea interacciona con un cuerpo burdamente mecánico. Tenemos que admirar su noble ambición cognitiva, pero no podemos comulgar con sus doctrinas fallidas.

El humanismo que necesitamos (¡hélas!) está aún por hacer. Nuestro cerebro tiene el mismo número de neuronas que estrellas tiene nuestra galaxia, y a través de sus innumerables conexiones circula la savia de la información mediante procesos apenas descifrados, pero percibidos por dentro como consciencia. Nuestro cerebro es el lugar de la autoconciencia, el foco de las nuevas humanidades y el gran reto lanzado a la ciencia actual.

Jesús Mosterín es catedrático de Filosofía, 
Ciencia y Sociedad (CSIC).

lunes, 2 de octubre de 2017

Construir una sociedad cosmopolita


Enrique Flores
      Recordando lo trabajado en clase, os llamo la atención sobre este artículo que se puede leer hoy en el diario El país: Un relato de España, de Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia.

      Cosmopolita o “ciudadano del mundo” es un concepto griego usado por primera vez por los filósofos estoicos allá por el año 301 a.C, pensado como modelo de ciudad de común, de una razón universal de la cual participan todos los seres humanos. 

    Marco Aurelio, filósofo y emperador romano escribió: “ Si la mente nos es común, la razón, por la cual somos racionales, no es también común; y si esto es así, nos será igualmente común la razón que dispone lo que se ha de hacer o no. Admitido lo cual, la ley no es común, y siendo así, somos ciudadanos y participamos, por ende, de un cuerpo político, por el cual el mundo viene a ser como una ciudad.”    Pensamientos

     Más allá de la cuestión  filosófica, actualmente los cosmopolitas creen que la persona debe adquirir compromisos voluntarios y el derecho a la participación activa en el lugar que selecciona para residir. De esta manera, más que el sentimiento de pertenencia a una etnia, cultura, o lugar, el cosmopolita defiende una comunidad de ciudadanos libres de cualquier prejuicio nacional, étnico, sexual o religioso, la equidad de género, la globalización democrática y la educación y atención sanitaria para todos.

     Todavía recordamos cuando al hilo de la mezcla de culturas y formas de vida, decíamos que Barcelona era una ciudad cosmopolita, lamentablemente el relato que nos traslada es otro. Hoy escribe, la profesora de ética, Adela Cortina que el sí a la independencia en Cataluña supone anclarse en una forma excluyente de entender la ciudadanía, rechazando “el vínculo entre los pueblos de España, que tienen mucho que ofrecer en el concierto mundial desde una articulación de unidad y pluralidad que tan pocos países han sabido engarzar”.

     España adolece de un relato, nos dice, sin embargo “ como los relatos arrancan del pasado y sobre todo han de proyectarse al futuro, a las altura del siglo XXI, en el horizonte de un mundo global, no creo que haya proyecto más ilusionante y atractivo que el que esbozaron los ilustrados en el siglo XVIII, haciendo pie en el estoicismo y el cristianismo: el de construir una sociedad cosmopolita, en que sea posible erradicar la pobreza y el hambre, reducir las desigualdades, conseguir que ningún ser humano se vea obligado a emigrar, porque todos son ciudadanos de ese mundo. La globalización ha traído recursos que nunca pudimos soñar para ir adensando el grado de democratización de los distintos países, reforzando los vínculos legales y éticos con otras comunidades, que hoy en día ya comparten soberanía gracias a las uniones supranacionales, como la Unión Europea, y a la multiplicación de entidades internacionales, que podrían ser el germen de una gobernanza mundial. Es sin duda un proyecto y un relato que une los sentimientos a la razón”.



sábado, 30 de septiembre de 2017

¿Es posible una democracia sin ciudadanos?



Fernando Savater, foto de Antonio Heredia
 Fernando Savater, profesor de filosofía, durante 30 años, educador de generaciones de ciudadanos de todo el mundo con su conocida obra Ética para Amador, millones de ejemplares vendidos en todo el mundo y traducido a 26 idiomas, es un referente ético, de pensador comprometido con la democracia aun a riesgo de su vida (sus críticas al nacionalismo vasco le valieron amenazas de muerte, que le obligaron a vivir con escolta más de una década, hasta finales del 2011); su defensa de la libertad y los derechos de los ciudadanos está fuera de toda duda. Hoy escribe una columna en el diario el País que os participo a propósito de aquellas cosas básicas que la ciudadanía no puede olvidar.


Según Nietzsche, las cosas que tienen definición no tienen historia y viceversa. Podemos definir la línea recta, porque el tiempo no le afecta, pero no a un juez, porque desde el código de Hammurabi hasta los tribunales de hoy la cosa ha cambiado sin cesar. La democracia tiene mucha historia a cuestas: reducir su esencia a urnas, votos, voluntad popular y otros tópicos simplificadores es abusar de la credulidad ignara de la gente, aprovechando sus pasiones identitarias, esa xenofobia de fábrica que traemos al mundo hasta que la educación nos la borra... si puede.
Lo característico de la democracia moderna es que los ciudadanos son iguales más allá de su genealogía, su lugar de nacimiento, su sexo, su color de piel, sus creencias religiosas o filosóficas, sus capacidades... Esos rasgos son relevantes para la biografía personal de cada uno, en parte propiciada por las circunstancias pero también creada por uno mismo. Desde el punto de vista político no hay varones, mujeres, negros, catalanes, mahometanos, aficionados al billar o dotados de buena voz: solo ciudadanos libres e iguales que comparten una ley común, a partir de la cual eligen su trayectoria en libertad. Si en nombre de una determinación particular una fracción de la ciudadanía pretende segregarse políticamente de y contra los demás, abandonamos la democracia moderna y volvemos al feudalismo medieval o algo peor.
           Si un referéndum en que unos se eligen a sí mismos para repartirse lo que es de todos (sin invitar a los demás) puede pasar por democrático es por falta de educación. Y los maleducados no son especialmente ese tercio de jóvenes que no acaba los estudios ni se forma profesionalmente (la juventud “robusta y engañada” de Quevedo), sino los que tienen carrera y hasta doctorado, pero como si nada.


Os dejo esta conferencia de Fernando Savater: La tarea del ciudadano,  impartida en los Cursos de verano la Universidad Complutense (2016)


jueves, 28 de septiembre de 2017

¿Es mejor sufrir la injusticia que cometerla?

      Es habitual que nos admire la capacidad que algunos oradores tienen para elaborar discursos no tanto por lo que de verdad se dice en ellos, cuanto por cómo lo dicen. En el mundo griego, la retórica era apreciada por su utilidad en la vida pública, y los sofistas la incluían como parte fundamental de sus enseñanzas en la pólis. En especial es recordado Górgias, como maestro en retórica al que Platón, dedica un largo diálogo, en el que hace debatir a Sócrates con Gorgias además de otros sofistas como Polo y Calicles. 
Platón, e imaginamos que también su maestro Sócrates, era reacio a este arte, que consideraba una perversión del buen decir que adula al auditorio más que lo convence, por lo que se pregunta aquí ¿qué es la retórica? en diálogo con otros sofistas como Polo y Calicles.

Fragmento.

“Polo.- ¿Cómo es posible, Sócrates?
 Sócrates.- Porque el mayor mal es cometer injusticia.
 Pol.- ¿Éste es el mayor mal? ¿No es mayor recibirla?
 Sóc.- No quisiera ni lo uno ni lo otro, pero si fuera necesario cometerla o sufrirla, preferiría sufrirla a cometerla.
 Pol.- ¿Luego tú no aceptarías ejercer la tiranía?
Sóc.-No, si das a esta palabra el mismo sentido que yo.
 Pol.- Entiendo por ello, como decía hace un momento, la facultad de hacer en la ciudad lo que a uno le parece bien: matar, desterrar y obrar en todo con arreglo al propio arbitrio.”
(Gorgias, 469b-c).

Gorgias y un esquema de este interesante diálogo



Por Susana Patiño González

La afirmación que da título a este artículo proviene de uno de los diálogos de Platón, el Gorgias. En este texto se narra el encuentro de varios personajes que discuten la afirmación de Sócrates, protagonista en el diálogo, quien afirma que padecer la injusticia siempre será preferible a ser el causante de la injusticia. Como sabemos, Sócrates es condenado injustamente y prefiere tomar la cicuta antes que dejarse convencer por sus amigos de violar las leyes de la ciudad para escapar de la sentencia. Con su muerte, el filósofo lleva hasta sus últimas consecuencias el precepto que conlleva su afirmación, cumpliendo en carne propia lo que en vida había estado transmitiendo con sus enseñanzas. Retomando esta discusión sobre la justicia, presentamos una recreación del diálogo a la luz de una época en la cual, colocados ante el dilema de ser injustos o ser víctimas de la injusticia, la mayoría de nosotros nos inclinamos a pensar y actuar en sentido contrario a las enseñanzas y ejemplo del filósofo.

¿Por qué sería mejor ser la víctima de una injusticia y no el perpetrador de la injusticia? Vayamos por partes. En principio podríamos alegar que cuando se es víctima de una injusticia la identidad personal en términos de integridad ética o moral no queda afectada; el “malo del cuento” sería la otra persona y no uno mismo. La acción injusta podría perjudicar los bienes materiales o incluso dañar la integridad física de la persona afectada pero su identidad moral quedaría incorruptible desde el momento que es la otra persona quien actúa mal y no la víctima. Por el contrario, quien procede de manera injusta, lastima y hiere inevitablemente su propia identidad moral, pues con su acción se convierte en un malvado, es decir en un ser despreciable. Para ponerlo en términos sociales, podríamos decir que la víctima de una injusticia puede merecer nuestra consideración y nuestra compasión, pero el perpetrador de la injustica sólo podría ser merecedor de nuestra reprobación y menosprecio.

Pero vamos a suponer que al injusto no le interesara en absoluto lo que terceras personas pudieran pensar o decir con respecto a su actuación y a su persona: que al injusto no le importara ser acusado de falta de integridad ética o ser objeto de reprobación moral o de menosprecio. ¿Por qué, entonces, tendría que abstenerse de actuar de manera injusta? Aún más, supongamos que el injusto tuviera garantizada de antemano una impunidad total para sus acciones injustas en términos de sanciones jurídicas o penales. 

En pocas palabras que no existiera ningún obstáculo en términos de consecuencias que lo pudieran disuadir de actuar injustamente. ¿Por qué, entonces, tendría que abstenerse de hacerlo? Supongamos más aún, y pensemos que nuestro hipotético injusto está exento de experimentar sentimientos de culpa o remordimientos por su acción sino que por el contrario, puede llegar sentirse orgulloso de sí mismo por haber logrado sacar ventaja de otro/s, por haber sido “el listo” que sacó provecho de la debilidad, torpeza o ignorancia ajenas. Desde el punto de vista del injusto tales flaquezas serían problemas del otro, ¿por qué, entonces, tendría que abstenerse de actuar de manera injusta?

Como contraparte la víctima no ha sacado provecho alguno sino que ha sufrido las consecuencias de la acción injusta. Ya mencionamos que la víctima puede merecer nuestra consideración y compasión; incluso podría hacerse acreedora de alguna compensación o retribución por el daño sufrido por parte de las instituciones o de terceras personas, pero el daño ya ocurrió y la víctima ya lo padeció o lo sufrió. En otras palabras, la víctima ya perdió algo mientras el injusto no ha perdido nada. Todo parece indicarnos, por lo tanto, que quien ha salido “ganando” es el injusto. ¿Por qué, entonces, tendríamos que dar la razón a Sócrates y habríamos de aceptar que es mejor padecer una injusticia que cometerla? 

En todo caso lo que habría que hacer es buscar la manera de que nuestra conciencia no nos molestara con remordimientos, de buscar la manera de asegurarnos impunidad cada vez que quisiésemos sacar provecho de quien “se dejara”, y que nos tuviera sin cuidado lo que la gente pudiera pensar o sentir con respecto a nuestras acciones injustas. Bajo tales condiciones, podríamos afirmar sin ningún problema que convendría más cometer injusticias que padecerlas y que Sócrates estuvo equivocado y murió estúpidamente.

Hasta aquí, nuestra conclusión parece apoyar y retratar de manera bastante atinada la moralidad reinante en el siglo XXI. ¿No sería bastante inútil apostar, por lo tanto, al desarrollo de competencias éticas? ¿Cómo convencer que ser personas íntegras y justas es mejor que su contraparte?, ¿Cómo salir del atolladero sin caer en la ingenuidad o el pensamiento utópico?, ¿Qué contra-argumentos podríamos presentar en favor de la justicia y no en contra de ella, como hasta ahora hemos hecho?, ¿Bajo cuáles argumentos podríamos alinearnos con la aspiración por la justicia que nos enseña Sócrates?

En primer lugar habría que considerar que el pensamiento ético no tiene ningún sentido si no se asocia con la vida política y social. Tanto Sócrates como Platón, y posteriormente Aristóteles, ahondaron en esta relación entre lo ético y lo político social. Vivimos en sociedad y la reflexión ética no puede estar al margen de ello ni verse reducida a una cuestión personal, mucho menos cuando se trata de la justicia, pues siempre se es justo/injusto con relación a otro/s. El “listo” que saca provecho de los demás, está ciertamente sacando ventaja material para sí mismo en el corto plazo pero inevitablemente está ayudando a construir una sociedad cada vez más deshumanizada y desigual en la cual él mismo tendrá que vivir. Desde una perspectiva individualista y de visión miope, la ventaja del corto plazo puede convertirse a la larga en una mayor desventaja para la humanidad entera, incluyendo la persona del injusto. Como ejemplo de ello podemos mencionar la reciente crisis económica así como los graves problemas ecológicos que actualmente nos afectan a todos. Los argumentos de la impunidad absoluta, y de la ganancia mayor, quedan así descartados para la acción injusta.

En segundo lugar habría que considerar que cualquier acción parecería poder justificarse desde un punto de vista subjetivo y arbitrario, es decir, en términos de los deseos o gustos individuales. Pero si queremos tomar la reflexión ética en serio es decir, como una actividad racional y deliberativa, no nos podemos dejar llevar por las apariencias o por una cuestión de gustos y tendríamos que buscar mejores argumentos. Resulta inaceptable decir que la injusticia es algo bueno cuando se está en la posición del perpetrador más no de la víctima para luego cambiar de opinión si existe el riesgo de que se puedan intercambiar los papeles al aparecer en escena alguien más injusto que el primero. En otras palabras, desde la argumentación racional resulta inaceptable decir que aquello que apruebo para mí no resulte aceptable cuando se aplica a otros y viceversa, que aquello que repruebo en otros, no sea reprobable cuando lo aplico a mí mismo. Este razonamiento transgrede el principio de universalidad que se expresa en la Regla de Oro, “No hagas al otro lo que no te gustaría que te hicieran a ti”, y en su sentido positivo, “Trata al otro como te gustaría que te trataran a ti mismo”.

En tercer lugar, y como conclusión de estas breves reflexiones, retomamos la cuestión de la identidad personal para relacionarlo con algo a lo cual nos referimos como madurez moral. En la persona adulta una identidad moral tan egocéntrica que sea incapaz de ver más allá de sí misma sería equiparable a la identidad moral de un niño menor de cuatro años. Este nivel resulta inaceptable para un programa que trata de de desarrollar las competencias éticas de estudiantes de educación superior. 

Promover la madurez moral significa prestar atención a los elementos cognitivos y psico-afectivos que la misma lleva implícitos; significa promover la capacidad de argumentar sólidamente las opiniones, de fomentar una identidad social para reconocerse en los otros y asumir las problemáticas actuales como propias. La madurez moral ha de tener como criterio orientador la idea de universalidad y como horizonte la justicia; la madurez moral implicaría desarrollar la capacidad no sólo para reflexionar sobre la justicia, sino para actuar de manera congruente con ella. El testimonio extraordinario de Sócrates nos ha legado una gran lección. Es poco probable que la mayoría de nosotros nos veamos enfrentados ante una situación tan extrema. Sin embargo, ante la complejidad de un mundo que genera injusticias día con día, es grande el cambio que podemos aportar si empezamos a pensar y actuar prefiriendo sufrir la injusticia que cometerla





¿Eterna juventud?

Dionisio

          Nuestra sociedad no es ajena a los mitos, al igual que los antiguos griegos que utilizaban estas narraciones para hablar de sus dioses, de sus miedos, de sus realidades esenciales, o ideas como lo llamaba Platón; el mito narra aquello que perdura más allá de los cambios y nuestro mundo cotidiano, pues simboliza, a través de imágenes y metáforas, aquello que nuestra razón no abarca a pensar, como ocurre el hecho de de envejecer y de acercarse al morir.

Es así que idea de la muerte genera, a veces cuando la pensamos, un gran desosiego, y resulta, hasta cierto punto, paralizante, si nos quedamos atrapados en su circularidad; por ello los griegos, además de sus reflexiones filosóficas sobre este abismos de la conciencia, se sirvieron de los  mitos para expresar esta inquietud, como representa el complejo mito del dios Dionisio, hijo de una mortal y del padre Zeus, que personifica en su doble condición hijo de mortal e inmortal, la fuerza vital que recorre el universo: la vida.

Una de las preguntas más difíciles para la biología sigue siendo definir la vida, y sobre su origen no tenemos más que teorías. Los griegos cantaron y bailaron a Dionisos, lo tuvieron como una de las ideas centrales de su civilización, porque entendían la Vida como movimiento, crecimiento, expansión y danza constante entre las leyes y la materia. A Dionisos se le representa siempre como un dios enigmáticamente joven y sonriente, y este es otro de sus dones. Dionisos es símbolo de la eterna juventud.

 Lógicamente, la eterna juventud no tiene nada que ver con la juventud del cuerpo, sino con la juventud del alma que, más allá de los cambios de la vida, de las enfermedades, de la vejez física, se mantiene joven, entusiasta, porque quien está poseído por el dios Dionisio, posee una inmensa fuerza que llamamos entusiasmo, que es fuego interior que ilumina y eleva todas nuestras acciones, sentimientos y pensamientos, al  igual que el amor que nos da alas para vivir y abrirnos camino en el incierta experiencia que entraña el vivir humano.

Para hablar, no desde el mito sino desde la ciencia, sobre la fuente de la eterna juventud, mañana, -en las charlas de Escépticos en el Pub Compostela-, tendremos la oportunidad de escuchar a Manuel Collado Rodríguez,un investigador especialista en el envejecimiento y las estrategia para su retraso. A las 21.00 en el Pub Aires Nunes de la rúa del Villar, aquí en Santiago.

Podéis seguir su charla en esta grabación.